martes, junio 08, 2004

A ese amigo, desconocido aun...

Ahora que el pegajoso calor del verano empieza a meternos mano sin permiso, la realidad parece derretirse, y todo se vuelve más orgánico, más animal, más celular. Si el invierno y el otoño son las estaciones del espíritu, la primavera y el verano lo son del cuerpo. Los efectos sobre las neuronas de cada uno son impredecibles. A mí, por ejemplo, me ha dado por fijarme en cosas en las que antes no me fijaba. Por ejemplo:
Cuando se hace el mismo trayecto cada mañana durante cierto período de tiempo, la vida de uno empieza a poblarse de todo un mundo de peculiares personajes que, día a día, encuentro a encuentro, se nos van haciendo familiares. Son personas con las que simplemente nos cruzamos, un variado grupo de extras que dan un poco más de empaque y vistosidad a la película de la vida. Normalmente no tienen líneas de diálogo, y sus nombres suelen ser un misterio. Yo, por lo menos, desconozco el nombre de esa señorona que va a la compra pintarrajeada como si en el Mercado le estuviese esperando la Familia Real de Mónaco al completo. O de ese vendedor de cupones de impresionante parecido a Torrebruno. Tampoco se por qué esa chica rubia del lunar en la mejilla se pone la misma cara de tristeza cada mañana, ni por qué ese repartidor se empeña en ofrecerle el periódico cada mañana a la morena que siempre lo rechaza, cigarro en mano.
Ignoro todo de las vidas de esa gente, excepto diminutos fragmentos, que, de vez en cuando, me sirven para intentar imaginar cómo se llaman, donde viven y cómo es su vida. Ellos, en definitiva, sin saberlo, me hacen compañía. Hacen compañía a cualquiera que se quiera fijar en ellos. Son amigos, desconocidos aun...

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